Estas ruinas que ves

Bueno, el reloj sigue girando

¿Yo soy mi única casa? Les pregunto como detonador a nuestra última sesión. Y dadas las circunstancias, mis circunstancias, les respondo esperando que ustedes también me respondan lo que piensan. Por lo pronto, para mí la respuesta inmediata, la que me aqueja ahora, en la que me siento más incómoda es que: No, yo no soy mi única casa porque mi casa, mi cuerpo, estas ruinas que ven, no son solo yo y mis circunstancias, sino yo y todas ustedes.

Podría parecer un poco retórico pero no lo es. Vivimos en una sociedad en la que nos dicen que antes que cuidar a las demás personas debemos cuidarnos a nosotras mismas y eso es mentira, compañeras, todas estamos tan conectadas (esas redes inmensas que son la comunidad) que cuando una falla-sufre-vive, todas las demás lo hacemos de una u otra forma. Digamos que el efecto mariposa, no habla en vano de la vulnerabilidad del aleteo de unas alas tan delicadas como las de ese insecto que recorre continentes. Habla también del derrumbe de grandes estructuras que empezaron en un breve segundo de vuelo.

No tenemos que ir más lejos, en nuestro micromundo virtual que hemos tenido todos los sábados lo hemos podido constatar: si la conexión de una fallaba, irremediablemente nos fallaba a todas. Cuando una de ustedes participaba y las demás no nos quedábamos con esa única experiencia del mundo, no aprendimos y cuando no aprendemos de las demás, estamos condenadas a repetir los mismos errores. Ustedes, durante dos horas y media, cada sábado de junio me han devuelto la ilusión, la disciplina y la escucha.

No es broma, queridas, ni pretendo dar un discurso aleccionador. El mayor problema que tenemos actualmente es creer que al habitarnos, al ser nuestras propias casas, podremos estar seguras. ¿Cómo estaremos seguras si es justamente el miedo y la sensación de inseguridad e impunidad la que nos hace replegarnos a la individualidad? ¿A qué le tenemos miedo como para guardarnos dentro de nuestros cuerpos y nuestros muros? (Muros que no son nuestros y que se pagan mensualmente a otro cuerpo que a su vez alimenta a otro cuerpo hasta llegar al eterno etcétera).

No podemos ser nuestra única casa, ni conformarnos con el té caliente a las seis de la tarde mientras alguien más no tenga la posibilidad de hacerse el té caliente y poder descansar a las seis de la tarde.

No dejemos que nuestra necesidad de comodidad y confort nos vuelva ciegas a la necesidad de supervivencia de las demás personas. El cambio no está en una, pero puede empezar en una y en la disposición de compartir.

¿Por qué ya no se habla de compartir si no es mediante el dinero? Comparte tu casa pero gana dinero, decía Airbnb, comparte tu auto, pero gana dinero, comparte tu miedo, pero gana dinero, comparte tus pensamientos pero gana favs.

Seamos nuestra casa pero también la casa de alguien más. No dejemos las casas vacías.

Para esta última sesión quedamos que vamos a hablar un poco de los textos periodísticos de Daniela Rea, Melissa Amezcua y Montserrat Peralta y el breve capítulo de La Inmortalidad de Milán Kundera. Nos hará falta tiempo, pero haremos lo posible.

Dejo el material complementario para seguir pensando en nuestras ruinas, que no son ruinas, sino casas en construcción.

Fotografía tomada del proyecto Ventanas de Tlatelolco, fotografías de Adam Wiseman, 2020

Canción: Canción sin miedo, Vivir Quintana

Poema: Historia de los huesos de un caballo, Rosario Loperena

Película: Tamara y la Catarina de Lucía Carreras

Libro: La guerra no tiene rostro de mujer, Svetlana Alexiévich

Hay tantos niños que van a nacer
Con una alita rota
Y yo quiero que vuelen compañero
Que su revolución
Les dé un pedazo de cielo rojo
Para que puedan volar
.

Pedro Lemebel Manifiesto (Hablo por mi diferencia)

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